Perú, Ayacucho, 1982
Hay penas que cicatrizan con los años, otras nunca llegan a mellar siquiera un poco el corazón, pero hay otras que duelen cada día más y te llevan a romper los límites de la razón...
Sólo existía en mi memoria su última frase, no había nada que doliera más, ni verle toser sangre con la última sílaba de su confesión, ni los golpes que me dieron de vuelta en casa hasta dejarme prácticamente moribundo.
Y cada día fue a peor, bien dicen: "Pueblo chico, infierno grande", la noticia de lo acontecido se hizo comidilla diaria de cada uno de los vecinos de la ciudad. Tanto así que después de pasados 3 meses recomponiéndome de aquella paliza a las sombras de mi habitación, mis primeros pasos por las calles fueron acompañados por un coro de miradas intrigantes y cuchicheos no muy poco evidentes.
Era como si ya no vieran la imagen angelical y de ciudadano modelo que tenían de mí, en lugar de eso veían a una especia de monstruo apocalíptico caminando frente a ellos con un cartel gigante sobre la cabeza lleno de todos los adjetivos despectivos que se les podían ocurrir.
Y cada día fue a peor... no bastaba con las historias de más maquilladas que contaba cada vecino desde su muy "respetable punto de vista", sino que en las noches la imagen de su agonía salía de mis pupilas y se impregnaba sobre cualquier superficie de mi habitación.
Yo no decía nada, no había sido capaz de pronunciar vocablo alguno desde aquel día, y no lo intentaba siquiera cuando aquellas imágenes comenzaron a repetir sin cansancio su última frase. Tragaba los gritos por dentro, esperando nutrirme de ellos o de que me envenenasen a dosis lentas. No era capaz de lanzarme al vacío y de seguirle mediante el suicidio a dónde sea que se haya ido, sólo porque lo único a lo que siempre le he tenido fobia ha sido a morir.
No comía, no vivía, deambulaba por las calles de la ciudad persiguiendo las huellas de nuestro pasado, exhibiendo a todo el mundo el espectáculo de mi juventud marchitándose de puro dolor. Tal vez fue esto último lo que alarmó la última campana de misericordia de mi familia, o mejor dicho, la última campana de su pudor social: la vergüenza pública que ganó a su propio orgullo después de 5 meses de verme arrastrar el apellido como un pedazo de mierda que se quiere sacar de la suela de los zapatos.
Me sentenciaron a una cama más limpia, a intentos de mimos, de caricias hipócritas y de darme de comer a la cama y en la boca; al no ver respuesta alguna, tan sólo supieron recurrir a más golpes, para terminar con las inyecciones intravenosas de sedantes y de suero. Pero nunca llegué a abrir la boca, continuaba con mi ritual diario de tragarme las lágrimas y las palabras por dentro.
Al parecer, por como se encontraba el ambiente en casa, los vecinos habían decidido prestarle mayor atención a las nuevas tantas explosiones de las torres de luz y al ataque a la comisaría de la ciudad, y dejar quizás para el recuerdo el escándalo en el que sin querer su última frase me había metido.
Lo que siguió, fue un caos completo entre las familias de apellidos bonitos; como animales salvajes frente a la sequía de dinero y seguridad, migraron uno a uno hacia el lugar más remoto del planeta que sus herencias o apellidos les permitían llegar. Incluso la mía decidió utilizar el origen del suyo para volver lo más pronto a aquellas tan lejanas raíces europeas de las que tanto se jactaban en sociedad.
Se fueron, y por última vez me miraron con ojos de decepción y oculto remordimiento, lo último que recuero de cada uno fue la misma frase: "En cuanto nos hallamos acomodado, mandaremos a por ti". Ilusos, creyeron que en mi garganta cabía aún espacio para tragarme sus mentiras además de mis lágrimas y mis palabras. Como si no hubieran sido en vano tantos años al lado de ellos y más aún los últimos meses, para saber de lo que su orgullo herido es capaz de hacer.
Una, dos, tres semanas pasaron, entre el silencio y las cada vez más infrecuentes y ceremoniosas visitas de María y su vano empeño por mantenerme con vida, tal cual fue el último encargo de los señores de la casa. Sólo decía enfrente mío su habitual: "Buenos días, joven" y "Joven Enrique, ya me voy" como una especie de rito solemne impartido por mis padres. Todo esto hasta que aparentemente el dinero que le habían dejado se acabó.
El día de su última visita la solemnidad se acabó, y tras tanto tiempo en este pozo de miradas furtivas, volví a ver una mirada de amor. Según lo que me habían contado, ella llegó a trabajar un día antes de que yo naciera, y fue quien lavó los pañales de tela y limpió cada una de las travesuras que llegaba a hacer. Así que aún con el miedo frente a la ausente presencia autoritaria de mis padres, se sentó en la cama, me peinó los cabellos y se puso a llorar.
- ¡Ananau, joven Enrique!, ananau - repetía entre lágrimas y mocos - Tan bonito que era usted... ya sabía yo que todo esto terminaría así, siempre lo supe, cuando de wawitas jugaban en el patio y se quedaba a dormir, tan bonitos los dos dormían, abrazaditos como los angelitos esos que tiene la virgencita en la catedral. ¿Sabe?, yo creo que a nadie les he visto quererse tanto como a ustedes dos, Y no importa si era sinchi o terruco, yo creo que por como le ha querido debe estar en el cielo, esperándolo junto a papá Dios.
No dijo más, por primera vez en mi memoria, me dio un beso en la frente y con la máxima suavidad que sus ásperas manos pudieron procurar, me quitó la aguja del brazo y en voz baja susurró: "Vuela de nuevo pajarillo, la tormenta ya pasó".
No la volví a ver después de aquel día, ni a ella ni a nadie más. Dormí todo lo que pude hasta que pude oír a los grillos cantar tras la ventana. Abrí los ojos y ahí volvía su imagen, me senté en la cama y vi su ya habitual holograma entre mis manos, repitiendo su ya de más sabida confesión, hasta que luego de un simple mareo, escuché como su voz cambió, no era agonizante, era alegre y reconfortante como cada una de las palabras que en mi oído le gustaba decir tras hacer el amor.
Y sólo entonces, mientras aquél día volvía a repetirse con encapuchados derribando el portal y pronunciando mi nombre a gritos y subiendo a tropel por las escaleras con las escopetas husmeando por mi vida, pude entender el trasfondo de su actitud: no me había engañado nunca, no había querido inculparme a mí.
Perdí la noción del tiempo y de la realidad, grité afónico su nombre y volví a sonreír.
Y mientras los vecinos de al lado sólo pudieron escuchar un disparo directo a mi cabeza, yo sólo escuché por última vez en la suave voz de Gerardo la misma confesión:
- "Pensé salvarme si hacíamos el amor esta noche, pero creo que sólo pude salvarte a ti..."
NOTA:
Ananau: Expresión quechua que significa: ¡Cómo duele!, ¡Qué dolor!
Wawa/wawitas: niños, bebés/ niñitos, bebitos.
Sinchi: Como comúnmente se les conocía a los militares.
Terruco: Como se les dice a los terroristas.